lunes, 12 de diciembre de 2011

Siempre descubrimos algo nuevo.

Por más que creamos que conocemos perfectamente las cosas, los lugares, las personas... siempre que nos paramos y las vemos detenidamente, siempre descubrimos algo nuevo y diferente.
Incluso la persona que nos ha dado la vida, la que convive a diario con nosotros, la que tenemos enfrente en el trabajo, la que viaja a nuestro lado a diario, el camarero que nos sirve todas las mañanas el café, incluso... se pueden convertir en personas extrañas si las analizamos detalle por detalle, su nariz, sus ojos, las arrugas que tienen en la frente, la forma de sus labios, el tono de su voz, su cuello...
Podemos pasar durante toda la vida ante la fachada de un edificio cercano a nuestra casa, sin haber recaído en las rejas de su puerta y ventanas, en sus balcones, en los aleros del tejado. Incluso seríamos incapaces de reconocerlo si vemos su foto aislado de su entorno.
Pasamos por la vida sin la intensidad suficiente para sentirla en sus dimensiones adecuadas.

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